Lysa TerKeurst

Hola amiga,

Uno de mis versículos favoritos en la Biblia es Apocalipsis 12:11, "Ellos lo han vencido [a Satanás] por medio de la sangre del Cordero y por el mensaje del cual dieron testimonio". Contar la historia de lo que Dios ha hecho en nuestras vidas tiene demasiado poder. Su Reino avanza en formas que quizás no veamos en este lado de la eternidad. Y eso no es algo que tomo a la ligera.

Así que quería compartir algunos de los detalles de mi historia que me llevaron a este viaje de decirle "sí" a Dios. Mi esperanza es que leas estas palabras y escuches un empático "yo también" de una amiga que ha estado en lugares difíciles, sintió un profundo rechazo, pero encontró una esperanza duradera en medio de todo ello.

 

Bendiciones,

Lysa TerKeurst

La historia de Lysa

No estoy segura de cuándo sentí por primera vez que no era lo suficientemente buena, pero mi primer recuerdo punzante de ello sucedió mientras caía sobre una pista de patinaje llena de niños de primaria. Yo era una estudiante de quinto grado envuelta en un empaque no muy deseable. El ojo de mi mente podía ver posibilidades magníficas para mi cabello castaño rizado y dientes de conejo. Si tan solo mi madre me dejara teñirme el cabello de rubio y me lo alisara profesionalmente; si tan solo pudiera convencer a mi dentista de que reemplazara mis dientes chuecos con relucientes dientes falsos de tamaño y alineación perfecta, mi mundo sería maravilloso.

Pero mi madre no tenía ni el dinero ni la visión para mi plan. Entonces, allí me senté mirando a las parejas de chicos lindos patinando con las chicas lindas mientras la voz suave pero atrevida de Rick Springfield cantaba la canción de "Jessie's Girl". (Y para aquellas de ustedes que se preguntan quién es Rick Springfield, me pone triste que se hayan perdido el deleite de la música de los 80).

Me enredé adrede con las agujetas de mis patines con la esperanza de enviar un mensaje muy claro: la única razón por la que no estaba patinando en pareja era porque tenía un ligero mal funcionamiento del equipo. Pero en mi corazón, una percepción falsa estaba perforando más y más en mi alma con cada compás de la canción de Rick Springfield.

La falsa percepción estaba arraigada en este pensamiento erróneo: Tú, Lysa, no eres aceptable tal como eres.

Por lo tanto, tratar de ser más aceptable, más digna, más encantadora se convirtió en mi patrón y llegué a vivir consumida y condenada por la preocupación por lo que otros pensaban de mí. Sus opiniones fueron mi punto de referencia para responder a la pregunta: "¿Quién soy yo?" Finalmente, la niña de cabello erizado y dientes de conejo se convirtió en una mujer joven. Pero además de mis problemas de adolescente, también me perseguían las heridas de mi infancia. Cuando tenía ocho años, un hombre quien era como un abuelo para mí me abusó sexualmente durante un período de tres años. Luego, cuando tenía once años, mi padre abandonó a mi madre, mi hermana y yo. Me sentí totalmente abandonada. Mis padres terminaron divorciándose y mi madre se vio obligada a trabajar en dos lugares para tratar de suplir las necesidades. Estos eventos me dejaron completamente perdida.

Desesperada por ayudar a mi hermana y a mí, un domingo mi madre anunció que agregaríamos un poco de iglesia a la ecuación de nuestra vida. Entonces, con un vestido y una Biblia, nos dirigimos al gran edificio blanco con campanario. Me gustó la idea de tener una religión y reglas, pero no tenía idea de lo que significaba tener una relación con Dios. Pensé en Dios como una máquina de autoservicio. Yo ponía lo que se requería, y luego se suponía que Él debía darme lo que merecía la gente que seguía las reglas. Mientras mantuviera mi parte del trato, Dios me bendeciría. Me convertí en "Lysa, la chica buena".

La vida se mantuvo estable por un tiempo. Mi madre finalmente se volvió a casar con un hombre maravilloso que me amaba a mí y a mi hermana como si fuéramos sus propias hijas. Decidieron tener más hijos.

Mi hermana y yo le dimos la bienvenida a otra niña a nuestra familia unos días después de cumplir mis quince años. Luego, el día de mi baile de graduación, dimos la bienvenida a la cuarta hermana.
Nunca olvidaré cuando ví a Haley por primera vez. Tenía unos ojos azules hermosos y grandes y cabello negro lleno de rizos. Amaba a cada una de mis hermanas, pero en el momento en que vi a Haley mi corazón se derritió como si fuera mi propia hija.

Cuando llegó el otoño y empaqué mis cosas, era muy difícil pensar en dejarla. Abracé y besé a todos, pero me demoré un poco más con Haley.

Aunque fue difícil irme, percibí la universidad como la oportunidad de reinventar por completo mi identidad. Nadie allí sabía de mi pasado, mi padre ausente y el abuso. Entonces me convertí en lo que pensé que me traería gran satisfacción y felicidad: "Lysa, la chica popular de la hermandad universitaria que sale con el chico popular jugador de fútbol americano".

Por fin, tenía amor, estabilidad y un plan para mi futuro. Ah sí, y tenía mi religión.

Luego, una noche recibí una llamada de mi madre que cambió todo. Su tono urgente hizo que mi pulso se acelerara y mis manos temblaran. Haley estaba enferma. Muy enferma.

Manejé toda la noche y, cuando llegué al hospital, Haley estaba en la unidad de cuidados intensivos. A mis padres les habían dicho que su hígado estaba fallando y que ella no sobreviviría sin un trasplante.

De prisa me puse a hacer tratos con Dios. Seré una mejor persona. Seguiré las reglas con más precisión. Seré más amable. Daré más a la iglesia. Asistiré más regularmente. Sacrificaré lo que me pidas, Dios . . . solo salva a mi hermana.

Haley fue transferida a un hospital infantil en otro estado, donde recibió un nuevo hígado. Sobrevivió los primeros días aterradores después de la cirugía y pronto parecía estar mejorando. ¡Dios estaba respondiendo mis oraciones!

Como el verano había llegado nuevamente, pude pasar bastante tiempo con Haley mientras se recuperaba. Pasaron las semanas, Haley se fortalecía todos los días, y llegó el momento de regresar a la universidad para mi segundo año. 

De vuelta en la escuela, llamaba a mi madre todas las mañanas para preguntarle cómo estaba Haley. Su progreso continuó. Estaba cumpliendo mi parte del trato con Dios, y Él estaba cumpliendo Su parte. 

Pero mi perspectiva de la religión y el cumplimiento de reglas y hacer tratos con Dios se hizo pedazos dos semanas después. Llamé a mi madre como de costumbre esa mañana de septiembre para preguntarle por Haley. Mi mamá se quedó en silencio. Le pregunté otra vez...y otra vez. Finalmente, con una voz tan baja que apenas podía escucharla, susurró: “Haley por fin está mejor, Lysa. Ella partió a la presencia de Jesús esta mañana".

La ira surgió de algún lugar profundo dentro de mí. La injusticia de la vida se tensó contra mis percepciones religiosas y la barrera de mi alma se abrió de par en par. Perdí el control. Con el puño levantado hacia el cielo, juré que nunca amaría a Dios, serviría a Dios ni volvería a creer en Dios. Había tratado de ser lo suficientemente buena como para ganar Su amor, pero tal como lo había hecho mi papá terrenal, sentí como si mi Padre celestial se hubiera alejado. "Lysa, la chica buena" ya no sería mi identidad. 

En el funeral de Haley, recuerdo que mentalmente cerré mi corazón a Dios, dejando que mi dolor y desilusión tomaran control. La idea de que no era lo suficientemente buena era más que un simple sentimiento. Se había convertido en el filtro a través del cual procesaba la vida. 

Mi papá no podía amarme. Dios no podía amarme. Estaba desesperada por ser amada. Así que, encontré hombres que me dijeron que me amaban. 

Hasta entonces, me había guardado para el matrimonio. Era una regla religiosa que había seguido cuidadosamente. Pero mi amargura hacia Dios adormeció mi conciencia y ayudó a allanar el camino para rechazar muchas de mis convicciones religiosas. La vida se llenó de momentos temporales de felicidad. Cuanto más me hundía en rechazar los caminos de Dios, más desesperada me sentía. No pasó mucho tiempo antes de que me encontrara sentada en una clínica de abortos al darme cuenta de que había hecho un desastre terrible de mi vida. Ahora yo era "Lysa, la chica que se alejó de Dios y tuvo un aborto". Ese día me fui a casa horrorizada de la persona en quién me había convertido. 

Irónicamente, en este momento cuando me encontraba tan lejos de Dios, tenía una amiga cercana que amaba al Señor con cada fibra de su ser. La llamaba mi "amiga bíblica" de manera poco cariñosa, porque me molestaba al citar las Escrituras constantemente.

Pero algo en ella me hizo querer seguir siendo su amiga. Aunque me molestaba que citaba las Escrituras constantemente, algo al respecto era encantador, la forma más pura de honestidad. Además, ella modeló lo que significaba vivir la Palabra y no solo citarla. Había una gran diferencia entre la religión tal como la entendía yo y lo que ella llamaba su relación con Dios. 

Aunque ella no tenía idea de la basura con la que estaba lidiando, respondió con ternura a las indicaciones de Dios. Un día especialmente oscuro y lleno de lágrimas, recibí una tarjeta de ella. Habría sido mi fecha de parto. El día que habría estado dando la bienvenida a una nueva vida al mundo estaba lleno de sentimientos de muerte, oscuridad y desesperanza. En cuanto vi la letra, supe lo que me pasaría si abría el sobre. . .otro versículo de la Biblia.

Efectivamente, Jeremías 29:11 estaba bellamente escrito en la portada de la tarjeta: "Porque yo sé muy bien los planes que tengo para ustedes —afirma el Señor—, planes de bienestar y no de calamidad, a fin de darles un futuro y una esperanza".

Quería tirar la tarjeta a un lado, pero algo me mantuvo enfocada en ese versículo. Lo leí una y otra vez. Era como si mi nombre hubiera sido insertado allí. “Lysa, porque yo sé los planes que tengo para ti, planes para prosperarte y no hacerte daño, Lysa. Planes para darte, Lysa, una esperanza y un futuro".

Esta declaración marcó un contraste fuerte con mi percepción  imperfecta de ser identificada por mis circunstancias. Este versículo pintó la posibilidad de que el Dios del universo no me amaba por lo que hice bien, sino simplemente porque yo era Suya. Una hija para quien Él tenía grandes cosas planeadas. No tenía que ser la hija de un padre estropeado; podía ser una hija de Dios.

En ese momento no sabía cómo aceptar adecuadamente a Jesús. No conocía las Escrituras correctas a las que debía recurrir. Incluso si tuviera una lista de versículos para orar, no habría podido encontrarlos en la Biblia. No tenía todas las respuestas, y sabía con certeza que no había sido "lo suficientemente buena". Pero algo profundo en mi alma se agitaba con la seguridad de que este mensaje venía de Dios mismo y que Sus palabras en este versículo eran verdaderas.

Incluso un corazón frío y duro como el mío no podría escapar de esta verdad. Cuando Dios me hizo, dejó Su marca en lo profundo. Sus huellas cubrieron mi alma, así que no es de extrañar que Su Verdad resonase dentro de mí. Simplemente no podía negarlo. Ante el Dios del universo quien estaba haciendo una pausa en este momento justo para mí, yo sabía que una sola palabra era digna de ser pronunciada en respuesta a Él. "Sí".

Dentro de ese sí, estaba envuelto el reconocimiento de que Dios sí existía, que sí me amaba y que Lo quería a Él en mi vida, no a una religión, de una manera que nunca antes lo había hecho. Deseaba mucho más de Dios. Me tomaría muchos años definir y entender totalmente todo lo que significó ese sí. Pero el sí inicial fue un paso hacia Dios. Un paso fuera de la oscuridad que me cegaba. Un paso hacia la luz de la verdad. Un paso hacia mi verdadera identidad que no cambiaría ni se desmoronaría bajo las tensiones de la vida. Un paso para convertirme en "Lysa, una hija satisfecha del único Dios verdadero".

Lysa TerKeurst es la presidenta de Proverbs 31 Ministries y autora más vendida del New York Times de los libros "No debería ser así," "Sin invitación," "El mejor sí" y otros 20 títulos. Ella escribe desde su mesa de comedor y vive con su familia en Carolina del Norte. Conéctate con ella en www.LysaTerKeurst.com o en las redes sociales @LysaTerKeurst. Descubre los recursos de Lysa aquí.

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