Devocionales

No puedo creer que haya dicho eso

21 de abril de 2020
Con la lengua bendecimos a nuestro Señor y Padre, y con ella maldecimos a las personas creadas a imagen de Dios. De una misma boca salen bendición y maldición. Hermanos míos, esto no debe ser así. Santiago 3:9-10 (NVI)

Mi amiga Catherine y yo salimos a dar un paseo por el vecindario justo antes de que las luciérnagas empezaran su fiesta. Nosotras íbamos hablando de cómo criar a los hijos, de nuestros maridos y de asuntos de decoración. Cuando llegamos de nuevo a su casa, me invitó a entrar para ver unas muestras de tela para un nuevo sofá. Antes de darme cuenta, unos poquitos minutos se habían convertido en unas cuantas horas.

«¡Ay!» exclamé, «Son las diez. ¡He estado fuera por más de dos horas! Seguro que Steve está muy preocupado. Ni sabe dónde estoy. Debo llamarle antes de volver a casa».

Cuando intenté llamar a mi marido, salió el contestador... y me hizo enfadar un poco.

«Steve, te estaba llamando para decirte que estoy en casa de Catherine. Pensé que ibas a estar preocupado pero se ve que, aparentemente, ni siquiera te importo porque ¡ni contestas el teléfono!». Clic.

Me despedí de Catherine y salí sintiéndome abatida. «Estoy paseando por aquí en la oscuridad, completamente sola y ni siquiera le importa», dije hablando en voz alta a nadie en particular. «Podría estar tirada en una zanja, es más, ¡podría estar muerta! Creo que ni siquiera me ama».

En lo que mis ojos se adaptaron a la oscuridad, vi a Steve viniendo hacia mí en su bicicleta.

«¿Dónde has estado?» Steve preguntó desesperadamente. «He estado buscándote por todo el vecindario.

¿Sabes la hora qué es?».

Cuando llegamos a casa, borre rápidamente el mensaje enfadado del contestador. «Uf» pensé. «Por poco».

Unos días después, Steve me llamó desde su trabajo. «Sharon, ¿has escuchado los mensajes de voz últimamente? Hay algo que necesitas escuchar».

Así que, llamé con mi móvil al teléfono de la casa.

El mensaje decía algo así: (con un acento sureño tierno) «Hola, has llamado a la casa de los Jaynes. No podemos atender tu llamada en este momento». (Entra la voz de Cruella de Vil) «Te estaba llamando para decirte que estoy en casa de Catherine. Pensé que ibas a estar preocupado pero se ve que, aparentemente, ni siquiera te importo porque ¡ni contestas el teléfono!» (Vuelve la voz tierna) «Deja un mensaje después de la señal y nos pondremos en contacto contigo lo antes posible».

«¡Ay, caramba!» grité. «¡¿Cómo pasó esto?! ¿Cuántas personas habrán oído esto en los últimos tres días?».

Llamé a la empresa telefónica y me dijeron que la explicación más probable era que, durante la tormenta de hace unos días antes, un rayo debe haber fusionado y mezclado los mensajes.

Que vergüenza.

La Biblia dice, Con la lengua bendecimos a nuestro Señor y Padre, y con ella maldecimos a las personas creadas a imagen de Dios. De una misma boca salen bendición y maldición. Hermanos míos, esto no debe ser así (Santiago 3:9-10). Todo se cumplió en un solo mensaje de voz.

Como mujeres, me asombra la rapidez con la que cambiamos entre bendecir y despreciar, alabar y menospreciar, animar y criticar – todo en cuestión de segundos. Dios nos ha dado un poder impresionante en nuestra área de influencia y empieza con las palabras que hablamos.

En Génesis 1, leemos que Dios creó todo lo que vemos con tan sólo una palabra. Él dijo «Sea..» y al instante hubo (Génesis 1:3). Y después en el sexto día, cuando Él creó al hombre y a la mujer a Su imagen, Él hizo algo extraordinario, asombroso en realidad – Él nos dio el don de las palabras.

Pocas cosas tienen tanto impacto, como las palabras y expresiones que salen de nuestras bocas. Nuestras palabras pueden alentar a un niño a lograr grandes sueños, animar a un marido a conquistar al mundo, reavivar el rescoldo de sueños rotos de una amiga, dar ánimo a otra hermana en la fe a seguir corriendo la carrera de la vida y acercar y atraer una alma perdida a Cristo. Las palabras empiezan guerras y traen la paz – a nivel global y ahí mismo en nuestros propios hogares.

Así que, la pregunta para nosotras es: ¿Cómo usamos hoy el don maravilloso de palabras, que Dios nos ha dado?

Señor, ayúdame por favor, a controlar mi lengua hoy. Ayúdame a hablar palabras de vida a los que están a mi alrededor. Quiero ser una mujer alentadora, no desalentadora, alguien que construye sueños y no destruye destinos. Pido que el Espíritu Santo me ayude a ser conocida como una mujer que transmite vida y palabras alentadoras a los que están a mi alrededor. En el Nombre de Jesús, Amén.

VERDAD PARA HOY

Salmos 141:3, Señor, ponme en la boca un centinela; un guardia a la puerta de mis labios. (NVI)

RECURSOS ADICIONALES

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Edificando con palabras que dan vida, por Sharon Jaynes.

El poder de PARAR, por Laura Bailey.

Rivalidad entre hermanos, por Binu Samuel.

REFLEXIONA Y RESPONDE

¿Cuáles son algunas palabras positivas que te gustaría que alguien te dijera hoy?

Ahora, piensa en decirselas a alguien hoy. Déjanos saber en los comentarios con quién compartirás unas palabras amables hoy.

© 2020 por Sharon Jaynes. Derechos reservados.

Estamos agradecidas a nuestras voluntarias por su trabajo realizado en la traducción de este devocional al español. Conócelas aquí.

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