Devocionales

La cura diaria para un corazón entristecido

19 de noviembre de 2020
»Ustedes deben orar así: Mateo 6:9 (NVI)

¿Sabías que Jesús nos ha dado la oración perfecta para cada día y así ayudarnos a tomar la delantera a cualquier ofensa que pueda atravesarse en nuestro camino?

En Mateo 6 leemos sobre Jesús enseñando a los discípulos cómo orar, lo que comúnmente conocemos como la oración del Padre nuestro. Hay mucho que Él podría enseñarnos a incluir en nuestras oraciones diarias, ¿cierto? Digo, si me fuera encomendada la tarea de enseñar a otros cómo orar, me temo que habría incluido puras cosas erróneas y hubiera dejado fuera algunas cosas realmente importantes.

¿Y sabes qué hubiese estado tentada a excluir o minimizar? Justamente las partes que Jesús parece enfatizar más: la confesión y el perdón. En Mateo 6:9-13 (NVI), Jesús nos enseña:

»“Padre nuestro que estás en el cielo,
santificado sea tu nombre,
venga tu reino,
hágase tu voluntad
en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan cotidiano.
Perdónanos nuestras deudas,
como también nosotros hemos perdonado a nuestros deudores.
Y no nos dejes caer en tentación,
sino líbranos del maligno”.

Y después en los siguientes dos versículos justo después de la oración del Padre nuestro, Jesús añade, “»Porque, si perdonan a otros sus ofensas, también los perdonará a ustedes su Padre celestial. Pero, si no perdonan a otros sus ofensas, tampoco su Padre les perdonará a ustedes las suyas.” (Mateo 6:14-15, NVI)

Aquí hay algo que no quiero que perdamos de vista. Si revisas el conteo de palabras de esta enseñanza como se presenta en la Nueva Versión Internacional, esta enseñanza en total tiene 84 palabras. La importancia de dar y recibir perdón lleva poco más de la mitad de esas palabras. Increíble.

Esto me llama la atención y me hace querer acercarme un poco más a lo que Jesús nos pide que oremos cada día además de sólo pedir ayuda y provisión de parte de Dios.

La oración del Padre nuestro nos recuerda lo que el corazón humano necesita cada día: necesitamos a Dios, necesitamos ser perdonadas y necesitamos perdonar. Lo cual significa que el perdón debe ser parte de nuestra vida diaria, así como el comer y dormir.

Pero fácilmente puedo admitir que ni siquiera estoy segura de hacer esto semanalmente, así que mucho menos a diario. Y quizá esa sea justamente la razón por la que con frecuencia tengo esta sensación de un peso inexplicable dentro de mí.

Vivimos en una época en que estar ofendidas casi parece ir de la mano con el hecho de estar vivas. La mayoría de la gente se ofende por algo. La mayoría tiene problemas relacionales. Y creo que casi ninguna de nosotras está realmente orando diariamente con la confesión y el perdón que Jesús nos enseñó.

Yo seré la primera en levantar mi mano y admitir que así soy yo. Yo me ofendo muy fácilmente. Me apresuro a ponerme a la defensiva. Soy muy lenta en ponerme a orar. Y muy rara vez me confieso. Y muy frecuentemente no perdono.

Pero quiero cambiar esto. Quiero madurar en esto.

Sé que no voy a hacer esto perfectamente. Pero eso no significa que no lo vaya a intentar.

Justo hace unas pocas semanas, alguien a quien he tratado de ayudar me sorprendió con una reacción que sentí extremadamente inapropiada y que honestamente no merecía. Estaba lastimada. Todo lo que quería hacer era dejar de ayudarla y dar rienda suelta al dolor que me había causado. Sentía la amargura elevándose.

Pero en vez de reaccionar de inmediato, recordé cómo, más temprano esa mañana, había orado el Padre nuestro y confesé varias cosas al Señor en las cuales mi propio corazón tenía trabajo qué hacer.

Yo había decidido con anticipación perdonar a quienes pudieran hacer o decir algo que me lastimaran o que suscitaran emociones fuertes ese día.

En lugar de dejar que mi enojo me llevara a causar más dolor y sufrimiento, simplemente dejé que esta situación me guiara hacia algo que necesitaba ser arreglado entre mi amiga y yo. Le pedí que viniese a mi casa, y en lugar de que nosotras tratáramos de arreglarlo o hablarlo, quizá podríamos orar por eso juntas.

Dejé que el Jesús que habita en mí conversara con el Jesús que habita en ella. Mientras orabamos, la más inexplicable paz nos inundó a ambas. Eso no necesariamente resolvió el problema. Pero sí previno el caos de agregar más dolor, más confusión y más oportunidades para el resentimiento.

La confesión rompe el ciclo del caos dentro de mí.
El perdón rompe el ciclo del caos entre nosotras.

La oración del Padrenuestro preparó mi corazón para algo que ni siquiera sabía que iba a pasar ese día.

El mejor momento para perdonar es antes de ser ofendidas.
El siguiente mejor momento para perdonar es ahora mismo.

Jesús, gracias por enseñarme cómo orar, no necesariamente la oración que quiero orar a veces, sino la oración que necesito orar. Ayúdame hoy a recordar que la confesión y el perdón son buenos para mi corazón, pues disminuyen el caos y levantan el peso que a veces siento profundamente por dentro. Gracias por ayudarme a hacer esto. En Nombre de Jesús, Amén.

Verdad para hoy

Proverbios 19:11, El buen juicio hace al hombre paciente; su gloria es pasar por alto la ofensa. (NVI)

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