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Cuando Jesús llora contigo

9 de junio de 2021
Cuando María llegó a donde estaba Jesús y lo vio, se arrojó a sus pies y le dijo: —SEÑOR, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Al ver llorar a María y a los judíos que la habían acompañado, Jesús se turbó y se conmovió profundamente. … Jesús lloró. Juan 11:32-33,35 (NVI)

Estoy empujando un carrito de supermercado por el pasillo de productos congelados cuando suena mi teléfono.

Mi corazón brinca hasta mi garganta.

He estado esperando esta llamada por días, así que sin importar si el pasillo está lleno o no, respondo.

Ella hablaba rápido, como si tratara de remover una curita de un tirón, como si al decirlo rápidamente no doliera tanto. Pero esta no es una curita, y esta herida nunca va a sanar.

Pérdida de memoria… progresiva… aún en la fase inicial…

Estoy muy consciente de las cosas para dejarme engañar por todas esas afirmaciones de “quizá no será” y de “es muy pronto para sentir pánico”. Escucho todas las cosas que ella misma no se atreve a decir. Le hemos estado rogando a Dios que libere a nuestro ser amado de este diagnóstico, pero esto es un “no” rotundo.

Me quedé paralizada, entumecida. El tiempo se detuvo. La gente me empuja al pasar por mi lado, algunos me lanzan miradas irritadas. ¿Cómo pueden saber que la mujer que bloquea su camino es una hija que está en duelo?

Todas tenemos historias de un “no”: ocasiones cuando nuestras esperanzas volaron y nuestras oraciones suplicaron, pero Dios nos dijo “no”. Y en esas ocasiones puede ser tentador el dudar del corazón de Dios y cuestionar Su amor. Pero Lamentaciones 3:33 nos asegura: “…[Dios] no se complace en herir a la gente o en causarles dolor” (NTV).

Esa es la verdad que necesitamos saber cuando estamos sufriendo, ¿no es así? Cuando la vida nos derriba, cuando nos deja atrapadas en estampida, necesitamos saber que Dios no desea este dolor para nosotras. Él no está en el cielo siendo indiferente, o peor aún, alardeando en secreto.

En mi mente, no hay un momento que muestre esta verdad de manera más conmovedora que cuando Jesús estuvo parado con María y Martha afuera de la tumba de su hermano, Lázaro. Cuando Lázaro se enfermó, Jesús pudo haber corrido a curar a Su amigo, pero en vez de eso Él intencionalmente retrasó Su llegada.

Cuando Jesús finalmente llegó, algunos días demasiado tarde, Él encontró a las hermanas en duelo en la tumba. Jesús ya sabía el final feliz planificado. Él sabía que en unos minutos llamaría a Lázaro de vuelta a la vida. Los llantos de duelo de las hermanas se convertirían en gritos de alabanza.

Y, aun así, con toda esa alegría a punto de suceder en unos cuantos minutos, Jesús se detuvo. Se paró ahí al lado (yo siempre lo imagino en medio) de estas dos hermanas, y lloró con ellas.

He escuchado a las personas especular toda clase de razones profundas sobre las lágrimas de Jesús. ¿Por qué habría de llorar Jesús, sabiendo que estaba a punto de levantar a Lázaro de entre los muertos? Ha de haber más en esas lágrimas que sólo empatía. Jesús debe haber llorado desconsolado por el mundo perdido, o por el duelo de Su propio sufrimiento inminente.

En mi opinión, todas estas teorías son muy forzadas o complicadas. Demasiado. Yo sospecho que es tan simple como esto: las amigas de Jesús estaban sufriendo, así que Jesús estaba sufriendo. En Sus lágrimas escucho estas palabras: «Siento haber tenido que dejarlas pasar por todo esto. Veo su angustia, y mi corazón sufre con el de ustedes». No importaba que el dolor estuviera por desaparecer. El dolor aún importaba.

¿Ves lo que significa esto? Jesús sufre con nosotras. Aún si Él sabe que vendrán días mejores, Él sufre con nosotras hoy, justo aquí, justo ahora. Dondequiera que estemos: en el escritorio o en el coche, a lado de una cama de hospital o de una tumba. Él nos encuentra en nuestro dolor en tiempo presente, se para con nosotras, llora con nosotras, está en duelo con nosotras. Porque nuestro dolor es real, y nuestro sufrimiento es Su sufrimiento.

Eso es amor. Ese es un Dios en quien puedo confiar cuando estoy sufriendo. Es un Dios en el que me puedo apoyar aun cuando no me dé lo que le pido.

La confianza en el amor de Dios cambia todo acerca de cómo sufrimos.

Pasamos de sufrir solas a sufrir mientras estamos envueltas en los brazos fuertes y reconfortantes de nuestro Padre.

Nuestras lágrimas aún caerán, pero caerán en Sus hombros amplios.

Nuestro llanto aún sucederá, pero será escuchado. Quizá vendrá acompañado del llanto Suyo.

Dios te ama por siempre y para siempre.

Aun cuando Él dice “no”.

Padre, gracias por encontrarnos en nuestra pena y por sufrir con nosotras. Por favor ayúdame a ver y sentir Tu compasión aun cuando la vida es dolorosa. Confío en Tu amor. Confío en Tu corazón. En el Nombre de Jesús, Amén.

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PROFUNDICEMOS

Lamentaciones 3:32-33, Aunque trae dolor, también muestra compasión debido a la grandeza de su amor inagotable. Pues él no se complace en herir a la gente o en causarles dolor. (NTV)

Salmo 34:18, El SEÑOR está cerca de los quebrantados de corazón…” (NVI)

¿Cómo te ha consolado Dios en medio de la tristeza? ¿Qué hace que te sientas amada por tu Padre cuando estás sufriendo?

© 2021 por Elizabeth Laing Thompson. Todos los derechos reservados.

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