Devocionales

La Verdad que salva vidas

24 de junio de 2021
Si tu ley no fuera mi regocijo, la aflicción habría acabado conmigo. Jamás me olvidaré de tus preceptos, pues con ellos me has dado vida. Salmos 119:92-93 (NVI)

Me encontraba en el borde de la piscina. Miraba a mi hermana, que en ese momento tenía unos 4 o 5 años. Estaba chapoteando en los escalones de la parte poco profunda.

Ya no quiero estar en la parte poco profunda, pensé. Tengo 9 años. Soy mayor y tengo la edad suficiente para saltar a la parte profunda.

Salté. El agua fría me envolvió. Dejé que mi cuerpo se hundiera hasta que los dedos de los pies tocaron el fondo, y me impulsé de nuevo por encima del agua. Fue muy emocionante.

Un día se me ocurrió que podía llevar a mi hermana a las profundidades conmigo. Podía dejar que se subiera a mi espalda y luego bajarme medio caminando y medio rebotando por esa pendiente entre lo poco profundo y lo profundo.

Sorprendentemente, se mostró indecisa cuando le conté mi plan. Tuve que convencerla y prometerle que no iría más allá de donde se sintiera segura.

Finalmente, se subió a mi espalda y me abrazó por los hombros. Caminé lentamente hacia la pendiente. Un pequeño paso hacia abajo. Dos pasos. Tres.

En el tercer escalón, resbalé.

Las dos nos hundimos de repente. Las manos de mi hermana se deslizaron desde mis hombros hasta mi garganta. Era como si creyera que la única forma de salvarse era sujetar mi garganta con una fuerza cada vez más intensa. Se sujetó con más fuerza. Mi mente se nubló. Y no podía saber qué camino tomar para encontrar la seguridad. Lo único de lo que estaba absolutamente segura era de que me estaba ahogando.

Aunque parezca extraño, no recuerdo cómo nos salvamos. Tal vez fue porque logramos salir de la piscina sanas y salvas y no fue tan dramático para los demás como yo lo recuerdo. Pero ese momento de pánico es uno en el que pienso a menudo. Y cada vez que pienso en esa sensación de pánico o que la siento surgir en mí, por algo a lo que me estoy enfrentando, intento recordar que el pánico no suele salvar a nadie. Indicar que necesitamos ayuda puede salvarnos la vida. Pero la mayoría de las veces, el pánico es un obstáculo más que una ayuda.

¿Sabes dónde veo este ahogamiento, sin agua y con la consecuente respuesta de pánico, más a menudo? En las inseguridades de una mujer.

Probablemente has sentido los efectos asfixiantes de la inseguridad, aunque no la llames así. Ideas falsas como éstas se cuelan en nuestros pensamientos...

No eres tan talentosa, inteligente o experta como ella.

Protégete a ti y a tu dignidad. No te atrevas a intentar esta nueva aventura.

Si fueras tan organizada o intencionada o creativa como ella, tal vez podrías lograrlo. Pero la realidad es que no lo eres.

Sabes que esto nunca va a funcionar, ¿verdad?

¿Cómo es que sé que sientes estas cosas? Porque yo misma las he experimentado.

Al igual que en aquella piscina hace ya varios años, puedo pasar de estar segura con la cabeza por encima del agua a deslizarme por una pendiente sin aparentemente nada a qué agarrarme. Entonces la inseguridad, siempre presente en mi hombro, se desliza en un agarre mortal alrededor de mi garganta.

Mis inseguridades se aferran hasta el punto en que nada que dé vida puede entrar. Me olvido de la verdad. Empiezo a alejarme de las personas. Mi mente se nubla rápidamente y, de repente, no sé qué camino tomar para encontrar la seguridad.

Me ahogo.

Eso es lo que pasa con la inseguridad. Cuando se apodera de nosotras, lo que más necesitamos es la verdad y es lo que más nos cuesta comprender. Puedo estar cerca de la verdad, pero seguir ahogándome en mis inseguridades. Puedo tener la verdad sobre mi mesa de noche. Puede que me la prediquen los domingos. Pero comprenderla, apoyarme en ella y dejar que aleje mi pensamiento del pánico, es algo que requiere que la verdad esté más que sólo cerca.

Eso requiere que la verdad esté dentro de mí, guiándome, reconfigurando mi pensamiento y susurrando: «La seguridad está aquí. La inseguridad dejará de asfixiarte cuando le retires su agarre. La inseguridad sólo tiene poder sobre ti cuando le permites controlar tus pensamientos».

Y cuando nos deleitamos en la Verdad de la Palabra de Dios y la vivimos, se convierte realmente en un salvavidas para nuestras almas. Algo que vemos maravillosamente explicado en nuestro versículo clave: “Si tu ley no fuera mi regocijo, la aflicción habría acabado conmigo. Jamás me olvidaré de tus preceptos, pues con ellos me has dado vida” (Salmo 119:92-93).

Quiero entrelazarme en tu historia. Estoy de pie en la parte menos profunda. Me aferro con fuerza a una barra inamovible de la verdad con una mano, y con la otra, me estiro hacia ti.

Agárrate. Vuelve del lugar donde te hundes. Y desde el lugar más profundo de tu alma, recupera la respiración.

Querido Señor, mis inseguridades son cosas pequeñas comparadas con Tu Verdad. ¡Pero se sienten tan grandes y poderosas cuando se apoderan de mí! Por favor, ayúdame a captar Tu verdad y que me cambie. En el Nombre de Jesús, Amén.

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