Devocionales

Aprendiendo a vivir en un mundo sin respuestas al “por qué”

Karen Ehman 4 de marzo de 2022
Dios mío, de día clamo y no respondes; Y de noche, pero no hay para mí reposo. Salmos 22:2 (NBLA)

Recientemente una amiga íntima y yo dimos un paseo juntas en un centro de naturaleza cercano, intentando animarnos mutuamente lo mejor posible. Ella incluso intentó mezclar la conversación con algunos chistes.

«Me recuerda a ese viejo dicho», bromeó. «¡Si no fuera por la mala suerte, no tendría suerte en absoluto!» Aunque ninguna de nosotras cree en la “suerte”, entre carcajadas disfruté ese momento mientras repasábamos las experiencias difíciles que habíamos sobrepasado recientemente.

Debido a la reducción de personal, ella había perdido un trabajo que tanto gustaba. También había perdido una amistad de una década por algo que debió haber sido un simple malentendido. Algunos miembros de su familia también ahora estaban cambiando sus relaciones con ella debido a algunas diferencias políticas, provocando aún más angustia interna. Y más recientemente, el perro amado de su familia había fallecido.

Me identificaba con sus sentimientos de pérdida. En el transcurso de apenas dos años, había estado presente en ocho entierros de parientes, incluyendo mi padre y mi madre. También nos habíamos mudado a una ciudad nueva al principio de ese tiempo para que nuestros hijos estuvieran más cerca de los abuelos de mi lado de la familia… los mismos parientes que empezaron a fallecer solo tres semanas después de nuestra mudanza. Casi todo esto sucedió durante el primer año y medio de la pandemia.

Durante este tiempo estuve comportándome como una niña pequeña que va detrás de sus padres, haciendo a cada momento la misma pregunta de dos sílabas con cada nueva situación que enfrenta: «¿por qué?».

¿Por qué Dios nos trasladó a una nueva ciudad a solo 10 minutos de mis padres si ambos iban a fallecer al poco tiempo después de nuestra mudanza?¿Por qué una de mis primas tuvo que enterrar a su madre mientras casi simultáneamente enterraba a su esposo, a punto de desplomarse ante el peso de tanto dolor? Y claro, probablemente todas nosotras nos preguntamos por qué ha irrumpido esta pandemia tan peligrosa y perturbadora.

Encuentro consuelo al saber que los escritores de los salmos se lamentaban frecuentemente, luchando con preguntas de “por qué” y expresando una angustia profunda. En Salmos 22:2, escrito por el rey David, leemos su plegaria incesante a Dios por respuestas, aún cuando estas estaban completamente fuera de su vista:

Dios mío, de día clamo y no respondes; Y de noche, pero no hay para mí reposo.

Los salmistas no poseían una fórmula hábil ni fácil para aprender a vivir en un mundo sin respuesta al “por qué”. Lo que sí tenían era la libertad de derramar sus angustias ante el Señor, sabiendo que Él escucha aún cuando nosotras, como humanas, no sentimos que Él está escuchando.

Como los salmistas, a veces debemos morar en el espacio entre el ahora y el todavía no… ese tiempo futuro en el cual ya no nos preguntaremos sino que viviremos en un lugar sin dolor ni lágrimas. He aprendido que hay algunos beneficios de vivir en este lugar intermedio.

He descubierto que el no saber “por qué” me impulsa más hacia la Palabra de Dios. Como ninguna otra cosa, me hace anhelar aferrarme al Señor. Me otorga una empatía profunda por otras personas que también están navegando una vida sin respuestas. En resumen, el vivir en un mundo sin respuestas al “por qué” me obliga a apoyarme en Jesús con todo mi ser.

¿Podríamos ser lo suficientemente audaces como para cambiar nuestro “por qué” por un “quién”? Dios puede ayudarnos a resistir el poner tanto énfasis en todas nuestras preguntas sin respuestas. En cambio, Él puede capacitarnos para desarrollar un caminar más cercano con Él, Aquel que tiernamente nos sostiene incluso cuando nuestros “por qués” aún perduran.

Querido Dios, hay algunas preguntas sin respuestas en mi mente hoy. De ahora en adelante, ayúdame a enfocarme menos en ellas y más en aprender a confiar en Ti a pesar de lo que la vida me presente. En el Nombre de Jesús, Amén.

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PROFUNDICEMOS

Salmos 62:8, Confíen en Él en todo tiempo, Oh pueblo; derramen su corazón delante de Él; Dios es nuestro refugio. (Selah) (NBLA)

¿Con qué regularidad derramas tu corazón ante Dios?

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© 2022 por Karen Ehman. Todos los derechos reservados.


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