Tú gobiernas sobre el mar embravecido; cuando se levantan las olas, tú las calmas. Salmos 89:9 (NVI)
Nota de la editora: A través de Proverbs 31 Ministries, Kelsey Chadwick (1990-2025) conoció a su futuro editor en septiembre del 2024. La siguiente primavera, después de firmar un contrato, ella entregó un manuscrito precioso. Junto a Leafwood Publishers, trabajó en las primeras ediciones y seleccionó la portada de su libro. Luego, en el otoño de 2025, Kelsey sufrió una emergencia médica mayor mientras daba una conferencia a un grupo del programa juvenil 4-H. Falleció tras las complicaciones y se unió a Su Padre celestial mas dejando a su esposo y dos hijas preadolescentes.
Proverbs 31 ofrece con orgullo este tributo a Kelsey, quien escribía temprano cada mañana desde la ventana de su granja. Esperamos que sus palabras, adaptadas de la introducción de su libro “Where Else Could I Go?” te recuerden tiernamente que Dios nos ofrece mucho más de lo que podemos imaginar si confiamos en Él y atesoramos Su revelación.
El mar fresco nos llamaba, en medio de un día caliente en la playa. La arena quemaba nuestros pies, y el sol blanco y caliente cegaba nuestros ojos. Tenía los pies en la arena y el agua llegaba hasta mis caderas mientras sostenía el chaleco salvavidas de mi hija de 6 años. Pero el golpe de cada ola nos derribaba de rodillas en la orilla, empujándonos sobre rocas y caracoles afilados. Fue un momento miserable.
En voz fuerte le dije a mi hija que si íbamos al mar adentro el agua era mucho más agradable, pero ella protestó con resistencia. Aunque entendía su necesidad de ver sus pies y con ellos tocar el fondo, también sabía que era precisamente ahí donde las olas eran más fuertes.
Finalmente, me armé de valor y tomándola de uno de los flotadores de su chaleco salvavidas, nos abrí paso hacia el océano, yendo hacia el mar abierto. No miré hacia atrás mientras nos llevaba nadando cada vez más lejos de la orilla, pero mi hija se aferraba fuertemente a mí.
Luego de lo que pareció una eternidad, alcanzamos una área tranquila, donde solo yo tocaba el fondo del mar entre las olas. Con sus piernas pequeñitas aferradas a mí, saltaba cada ola solo lo necesario para mantenerme a flote y atravesarla. Estábamos en la parte que era lo suficientemente honda para que el agua nos hiciera flotar juntas sobre cada ola a la misma vez, desafiando la gravedad.
No nos caíamos al romper las olas. No había piedras ni caracoles afilados. No nos golpeábamos contra las olas. El agua no entraba en nuestros ojos ni narices. Solo flotábamos las dos juntas, nuestros cuerpos refrescados, con solo nuestros rostros fuera del agua.
Ella miró a su alrededor y su cuerpo tenso comenzó a relajarse en mis brazos. Una sonrisa se dibujó en su rostro, y dio un suspiro de alivio. Se rió de sí misma y del oleaje que chocaba suavemente contra su chaleco salvavidas.
Ella no podía tocar el fondo, pero yo sí.
Ella no entendía cómo funcionaba el mar, pero yo sí.
Ella estaba llena de dudas, pero yo estaba llena de amor maternal.
El mar no había cambiado. Las olas siguieron llegando. Pero estábamos en una nueva posición para poder atravesarlas juntas.
El salmista nos dice lo siguiente sobre Dios: “Tú gobiernas sobre el mar embravecido; cuando se levantan las olas, tú las calmas” (Salmos 89:9). Pero es probable que debamos movernos a un lugar distinto en el agua. Cuando tenemos el valor para movernos más allá de la orilla de lo conocido, puede que encontremos una mayor tranquilidad.
Mi hija había resistido mis acciones todo el camino hasta las aguas tranquilas. Sus intentos por controlar lo que ella no comprendía hicieron que todo se tornara innecesariamente difícil. Estuvo a minutos de darse la vuelta para resguardarse bajo su sombrilla de playa con la decisión de jamás volver a entrar al mar.
Cuando la jalé hacia lo profundo, ella no entendía. Pero finalmente, confió. La siguiente vez que nos dirigimos más lejos de lo que ella podía tocar, ella no luchó en oposición. Se lanzó a mis brazos.
Mientras la llevaba mar adentro, pensé en las muchas veces que Dios me ha arrastrado más allá de donde yo quería ir mientras yo iba gritando y pataleando. ¿De cuántas formas había intentado limitarlo? ¿Será que mi necesidad desesperada por conocimiento, comodidad y control transformaron las cosas que tenian el proposito de traer gozo en dolor? ¿Qué tan seguido he entrado en pánico porque no he podido tocar el fondo?
Al mirar hacia la orilla, me imaginé el estar sentada segura, pero amargada bajo una sombrilla, sufriendo por el sol, haciendo pucheros porque Dios había insistido que yo me rindiera a las profundidades de un mar que yo no podía comprender.
Quizás lo había malentendido desde el principio.
Padre, gracias por las enseñanzas de Kelsey y por su vida de valentía. Ayúdame a confiar en Ti cuando la vida esté llena de dudas y no tenga sentido. Por favor trae consuelo a la familia de Kelsey en estos momentos de angustia profunda y abre mi corazón a Ti, quien nos llamas a aguas más profundas. Oramos a través de Jesús, nuestro único Salvador. En el Nombre de Jesús, Amén.
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A Dios no le decepcionan nuestras preguntas, ni siquiera las que son difíciles. En su libro Where Else Could I Go?, Kelsey Chadwick nos guía a confiar en los límites de Dios, a atesorar Su revelación y a construir una comunidad confiable para lidiar con las dudas, incertidumbres y preguntas sobre la fe. Aprende a ver tus preguntas con una perspectiva renovada mientras las observamos juntas a la luz de la Palabra de Dios. Obtén tu copia aquí.
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Lee Lucas 5:1-11.
Después de salir a pescar toda la noche sin resultados, Simón Pedro estaba lavando sus redes cuando Jesús le dijo, “—Lleva la barca hacia aguas más profundas y echen allí las redes para pescar” (Lucas 5:4, NVI). En ese momento decisivo, Pedro decidió escuchar a Jesús, y su vida jamás volvió a ser la misma.
¿Qué actividades rutinarias has realizado hoy? ¿Cómo estará Dios llamándote a aguas más profundas? Comparte con nosotras en los comentarios.
© 2026 por Kelsey Chadwick. Todos los derechos reservados.
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